Crónicas de un caballero británico victoriano viajando por el Contínuo Espacio-Tiempo

Las entradas en el diario de Lord Edgar Rouen Crossbower y su peculiar punto de vista decimonónigo mientras salta de época en época buscando a sus amigüitos perdidos...

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Nacido en Londres en la primera mitad del siglo XIX, nuestro héroe formaría parte de los movimientos sociales más convulsos del Imperio Británico. Conocidas sus inclinaciones socialistas y marxistas y sus amistades con lo peor de los literatos finiseculares británicos, sería ésta la causa de que Herbert George Wells le propusiera que acabara probando su máquina de desplazamiento temporal que lo arrastró miles de años hacia el futuro, enfrentándose con los Morlocks y los políticos ultraderechones de siglos venideros. Después de destruir un universo acabaría como dueño y custodio de un nexo interdimensional viajando por el Contínuo Espacio-Tiempo conocido como la TEMPRANIS. Junto a su amada y a sus animalillos, continúa sus peripecias allí donde el destino le lleve...

10.1.06

Caído del Cielo


Querido diario:
Han pasado un par de cosas bastante raras entre mi anterior entrada y ésta que estoy haciendo ahora mismo. La primera de ellas fue la sentencia a ser desvanecido de cualquier plano de existencia que me impuso el Alto Tribunal Muermo-Boy por mis crímenes contra la integridad del Contínuo Espacio-Tiempo pero que me fue conmutada en el proverbial último segundo cuando estos jueces, jurados y verdugos omniscientes se dieron cuenta de que habían perdido el contacto con uno de sus agentes temporales. La cosa parecía ser muy grave ya que ordenaron mi inmediata puesta en libertad, con el consabido enfado del Ejecutor que había sacado su Desvanecedor plano-existencial de su funda de piel y ahora le tocaba volver a guardarlo sin haberlo usado. Puse la oreja para ver de qué se trataba el asunto y al ver que les estaba poniendo mucha atención Robin "J.B." FistFucking me comentó que uno de sus mejores agentes espacio-temporales, un individuo al que se le conocía únicamente como "El Doctor", había desaparecido sin dejar ni rastro en las inmediaciones de un glaciar en el Polo Norte del planeta Tierra a principios del siglo XXI. Me ofrecí a encontrar a este Doctor No-sé-Quién y traerlo sano y salvo a presencia del Tribunal Muermo-Boy. Mis jueces estuvieron de acuerdo tras una corta deliberación (segunda cosa rara del día) y colocándose a mi alrededor empezaron a recitar una letanía muy monótona y cansina: "Etelonam etelonam..." Notaba cómo me pesaban los párpados y el sueño me vencía. Me caí en los brazos de Morfeo y desperté con un frío de esos molestos, como cuando uno duerme con el culo pegado al congelador y se deja la puerta abierta y le entra la escarcha por el camal del pantalón.
Abrí un ojo y me di cuenta de que estaba en mitad de una planicie blanca. Todo a mi alrededor estaba nevado. Eso o alguien tenía un grave problema de caspa... Me abrigué como buenamente pude con mi chaqueta de lana extremeña y empecé a andar hacia una imponente y extraña construcción que había en el horizonte. A medida que me iba acercando me iba percatando de que estaba construída con gargantuéscos bloques de cristal tallado que brillaban al sol como diamantes. Desde luego, aquello no estaba edificado por la mano del hombre (ni futuro ni pasado) sino que claramente era extraterrestre. Entré dentro de la estructura cristalina y me di cuenta de que fueran los que fueran que levantaron aquel lugar no tenían problemas en saltar varias decenas de metros o directamente volaban entre los picos y los fosos que se abrían a mis pies cada pocos metros que recorría linealmente. Llegué a una parte que parecía ser una terraza en la que una enorme mesa llena de cristales parecían esperar a que alguien se pusiera a jugar con ellos. Con mi curiosidad a flor de piel toqué uno de aquellos vidrios y debí de activar algo ya que se me apareció una imagen delante mía. Era algún tipo de holografía pero no era un mero mensaje, contenía lo que parecía ser una copia detallada de las memorias y personalidad de un individuo determinado. Se trataba de un hombre de mediana edad, de cabellos plateados, vestido con una túnica blanca con un símbolo en el pecho, una especie de "S" y decía llamarse Jod-Er y era un científico del planeta Kriptón Argón y Xennón. Su mundo había sido destruído hacía unos milloncejos de años pero él, previsor ande los hubiera, había mandado a su churumbel a la Tierra para que se salvara y ya puestos que fuera un defensor de los valores morales ultraderechones de los Estados Unidos de Norteamérica del Norte. Pero parecía que su nene se había dedicado a irse de farra por las noches y estaba pelín descontrolado. Es más, una noche apareció por allí una extraña nave y su piloto, un tal Doctor, había estado hablando con el muchachote, de nombre Clark Kent de Todos los Santos, y en un arrebato de furia fálica lo había mandado a él y a su nave a través de un vórtice espacio-temporal de una patada.
Por cierto que el muchacho se me apareció detrás y me dijo que estaba muy arrepentido y que estaba dispuesto a ayudar aquel individuo que total no le había hecho nada pero que le había mirado un poco mal... Usando los cristales de marras del Jod-Er conseguimos localizar el paradero del pobre Doctor: Londres durante los bombardeos alemanes de la II Guerra Mundial. Recalibramos las piernas de Clark Kento de Todos los Santos y después de patear el vórtice espacio-temporal, saltamos hacia nuestro destino. O al menos eso pensábamos...

7.1.06

El juicio

Querido diario:
La sala sin duda era de piedra, la humedad allí dentro casi se podía palpar. Me desabroché los botones de las mangas de mi camisa y me quité mi chaqueta. La corbata creo que la usé como muñequera improvisada y la debí de perder entre la explosión del núcleo de impulso temporal de mi malogrado vehículo de desplazamiento espacio-temporal (menos mal que estaba asegurado a todo riesgo...) y mi aparición en aquel espacio blanco plano. La voz que se oía era bastante potente, masculina, clara. Me daban la bienvenida pero me abroncaban por llegar tarde. No sabía yo que se podía llegar tarde en la nada absoluta. Una luz brotó del techo y me sentí reconfortado, apagué el zippo y me lo volví a guardar en el bolsillo. Los rostros translúcidos se reflejaban en las paredes de piedra y me miraban con cara de pocos amigos. Reconocí al instante a Mochue-lín Lent-illín, a Robin "J.B." FistFucking pero los otros dos seres se mantenían aún en la penumbra y sus rostros eran casi impenetrables desde aquella zona iluminada en la que me encontraba parado. Me comenzaron a hablar, diciendome que el Apocalipsis Monicaco no se había producido porque yo había osado interferir entre su obra y la nueva era que ante el universo se abría. Les dije que mis intenciones habían sido buenas ya que por mucho que ellos ahora me intentaban hacer creer que todo iba como estaba planeado, la verdad es que las hordas que apoyaban al Monicaco Pródigo les habían ganado la partida y decidí salirme por la tangente e impedir que fuera lo que fuese a pasar con el Apocalipsis Monicaco, no fuera beneficioso para los TunOrgs, los Strudels, los Esgrimistas Roleros Aficionados al Go y tantos y tantos otros enemigos que nos habían puesto contra las cuerdas.
Agradecieron hasta cierto punto mi intervención, pero las pérdidas habían sido demasiado altas: la Elegida (la Strudel-slayer), el Demonio Rojo (un padawan de Muermo-Boy), el Monicaco Rural, el Nigromante, el Zahorí Cabezón y el Monicaco Pródigo. Todo perdido en una sola noche. Y el libro entre los libros, el Muermonomicón, destruido en aquel trozo de la eternidad que era el universo que yo había destruido.
El crimen cometido era mayor que el beneficio causado. Habían dictado sentencia miles de años antes de que yo entrara en aquella sala (o tal vez la dictarán pasado mañana, porque el tiempo no existe en aquel lugar) y mi destino estaba a punto de encontrarme.
Cerré los ojos, respiré hondo y oí la sentencia del Tribunal Muermo:
"Lord Edgar R. Crossbower, este Tribunal le encuentra culpable. La sentencia por sus crímenes es..."

1.1.06

Prólogo a la 2ª temporada de las Crónicas

Querido diario:
Por fin puedo acudir a ti después de tantos meses en los que he pasado un sinfín de penurias. Aunque me encantaría continuar y extenderme con el relato de todo lo que ha ocurrido solo puedo decir que mi destino está en las Islas Británicas y que allí debo de regresar una vez más para encontrarme con aquéllos que me pueden auxiliar en tan nefasta época para poder recuperar a aquéllos que una vez me ayudaron y encontrar al Monicaco Pródigo antes de que el Apocalipsis Monicaco azote de nuevo otro continuo espacio-tiempo.
Permanezcan en sintonía, que en breve regresaré con mis crónicas, nuevas situaciones, nuevos compañeros de viaje, nuevos enemigos y más aventura.